Tomado de El País.
Viernes 3 de diciembre, 1999 - Nº 1309
Feroz
reacción policial a la protesta en las calles de Seattle
La feroz reacción
policial a las manifestaciones callejeras de Seattle fue
denunciada ayer por grupos sindicales y ecologistas organizadores
de las protestas, asociaciones de derechos humanos y vecinos de la
ciudad.
Varias organizaciones presentaron denuncias ante los tribunales de
justicia de Seattle por el "comportamiento
anticonstitucional" del alcalde de Seattle, Paul Schell, y
las fuerzas de policía y unidades militares de la Guardia
Nacional a sus ordenes.
"Tras haber pecado por falta de previsión el martes y
haberse dejado ganar la batalla de la calle por los manifestantes
opuestos a la OMC, las autoridades de Seattle han reaccionado
declarando el Estado policial", dijo Jerry Sheehan, portavoz
de la prestigiosa Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU).
"Jamás imaginé que vería en Estados Unidos un
comportamiento policial semejante", dijo John Goodman, del
sindicato United Steelworkers.
Seattle era ayer, por tercer día consecutivo, una ciudad tomada
por cientos de policías y soldados de la Guardia Nacional
vestidos y armados como si fueran personajes de la película de
ciencia ficción Starship Troopers. Unas 50 manzanas del centro de
la ciudad seguían cerradas a todos los ciudadanos menos los
participantes en la cumbre de la OMC.
Mientras continuaba en vigor el primer toque de queda desde la II
Guerra Mundial, los agentes insistían en emplear masivamente
gases lacrimógenos contra manifestantes pacíficos y cualquier
opositor a sus órdenes era retenido durante horas en autobuses,
sin ser autorizado a consultar a su abogado.
La presencia de Clinton en la ciudad incrementó el miércoles el
exceso de celo policial. Los agentes bombardearon con granadas
lacrimógenas todo el perímetro alrededor del hotel donde residía
el presidente, arrancando las lágrimas de cientos de personas que
tan solo pasaban por allí. Y decididos a hacerse con el control
de las calles detuvieron a 500 personas. El número de heridos,
todos leves, ascendió a 40.
Ese comportamiento policial se repetía ayer. Cualquiera que no
desalojara de inmediato ante su presencia, era rociado con un
aerosol con gas pimienta, maniatado con cuerdas y metido en un
autobús. Allí pasaron cientos de detenidos la noche del miércoles
al jueves, sin ser acusados formalmente de nada, ni poder llamar a
sus abogados.
El alcalde Schell, que en su juventud fue un manifestante contra
la guerra de Vietnam, justificó esos comportamientos como
"el único modo de garantizar la seguridad del presidente
Clinton y el desarrollo de la conferencia de la OMC". Los
comerciantes de Seattle hacían ayer el primer balance de daños.
Las reparaciones de los cristales rotos el martes por grupos
minoritarios de manifestantes les costarán 1´5 millones de dólares,
informó su portavoz Lucinda Payne. Pero la pérdida de ventas
causada por la zona de exclusión y el toque de queda declarados
por el alcalde ya les suponía ayer una pérdida de 7 millones de
dólares.
Un barrio sitiado
El exceso policial provocó en la madrugada de ayer la indignación
de vecinos ajenos por completo a las protestas ecologistas y
sindicalistas contra la mundialización de la economía en
beneficio de las multinacionales.
Persiguiendo a unas docenas de manifestantes, las falanges negras
de la policía de Seattle penetraron en el barrio de Capitol Hill,
situado a 2 kilómetros del Centro de Convenciones y habitado por
personas de clase media alta. Los policías dispararon allí
decenas de granadas lacrimógenas y maltrataron a los que salían
a ver qué pasaba. Se ensañaron especialmente con los habitantes
concentrados en las calles, que se negaban a entrar en sus
domicilios.
Su comportamiento consiguió que los vecinos se sumaran a los
manifestantes y exigieran a las fuerzas de seguridad que
abandonaran la zona. Según una cadena de televisión local, uno
de sus periodistas, Kevin McCarty, y el cámara que le acompañaba
fueron golpeados con porras, a pesar de haber mostrado su carné
de prensa.
Uno de los residentes de este barrio, Skye Farr, declaró que se
encontraba justo en la salida de su casa para ver qué ocurría
cuando fue rociada con gases lacrimógenos. El consejo del barrio
anunció que va a reunirse para exigir la dimisión del jefe de
policía, Norman Stamper, por su modo de controlar la situación.