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Archivo 2000-2001
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Tres días en Québec.

Un reportaje publicado en el Boston Phoenix, 12 de mayo, 2001. Aquí hay una traducción hecha por Se Mueve.

Tres días en Québec

Por Lance Tapley, para el Boston Phoenix. 12 de Mayo, 2001


He sido periodista y también participante activo en el movimiento pacifista y antinuclear de Norteamérica desde los años 60. En todo este tiempo nunca supe lo que era el gas lacrimógeno, tampoco había visto a manifestantes atacar a la policía con piedras, pelotas de golf o cocteles Molotov. Nunca había visto a los antimotines responder con cañones de agua. Esto me ha hecho pensar que hay muchas pasiones involucradas: los manifestantes perciben que el futuro de la vida está en riesgo, mientras que para los políticos y las corporaciones hay mucho dinero en juego. Quien piense que este movimiento va a desaparecer pronto está equivocado.

Jueves 19 de abril. Estoy viajando con el fotógrafo Brandon Constant y con el Grupo de Afinidad Dirigo, un colectivo de activistas ya veteranos y fogueados en los 70.

Canadá tiene los ojos puestos en el movimiento anti-corporativo, anti-globalización. Las movilizaciones comenzaron en Seattle a finales de 1999 y continuaron en la ciudad de Washington hace un año. Las protestas en Québec pretendían dar al traste con la reunión de funcionarios que trabajan en el llamado Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Los activistas sociales tienen una larga lista de acusaciones contra el libre comercio, pero la crítica más sucinta es que dichos los acuerdos de libre comercio fortalecen el poder de las corporaciones a expensa de la soberanía nacional.

Posiblemente el ejemplo más dramático es el Tratado de Libre Comercio de Norte América (TLC), que ha permitido a las corporaciones hacer demandas contra los estados signatarios en casos en que dichas empresas han sido afectadas por normas y leyes ambientales y laborales. Estas demandas se tramitan en comités de disputas del TLC y no en los tribunales nacionales. Por ejemplo, UPS (servicios de correo) ha demandado al sistema postal canadiense por competencia desleal. Otra corporación de los EE.UU., Metalclad, acaba de ganar una demanda contra el gobierno mexicano por razón de ciertas leyes ambientales.

Así que viajé desde Estados Unidos con mis acompañantes, para encontrarnos con otra generación de activistas, estudiantes que están todavía en sus años 20. En la frontera canadiense había todo un operativo. Registraron nuestros carros, nos hicieron algunas preguntas y chequearon nuestros antecedentes penales, pero nos dejaron entrar a todos. Casi todos: al que devolvieron fue a un compañero arrestado en 1969 por conducir ebrio. Irónico, considerando que el Presidente Bush fue arrestado en Maine en 1976 por la misma falta.

Llegamos a la ciudad de Québec, Brandon y yo subimos a una colina para tener una vista del ya famoso "muro", una cerca o baranda construida por las autoridades canadienses alrededor del área de conferencias. Cuando llegamos estaba decorada con signos como "bienvenue à berlin, 1989". Los residentes del área necesitaban salvoconductos para llegar a sus propias casas.

Una marcha de mujeres iba a realizarse esa noche. Para mantener en el misterio a la policía, las organizadoras no habían dicho donde iba a culminar la actividad. Pero un contingente de los medios de prensa se habían congregado al comienzo el Boulevard René-Lévesque, donde se encontraba uno de los puntos de acceso a la zona restringida. Algunos miembros del Parlamento Canadiense, representantes del Nuevo Partido Democrático estaban ahí para participar en la protesta.

"Si vinieras en representación de una corporación podrías comprar tu pase a la cumbre", me dijo una activista de Vancouver. Tenía razón: para estar en la categoría Diamante había que dar una donación de más de medio millón de dólares. La categoría Platino costaba más de un cuarto de millón. Las diferentes categorías indicaban cuál era el grado de acceso a las recepciones con el los jefes de estado.

La marcha fue pequeña, aunque colorida y bulliciosa: alrededor de 350 mujeres. Sólo siete policías formados en línea resguardaban la entrada al boulevard. Una inmensa marioneta representando la "Madre Tierra" encabezaba la manifestación. Dos de las líderes hablaron con la única mujer policía presente. Fueron muy educadas y dijeron que lo único que pensaban hacer era colocar unas mantas sobre el "muro". La policía les dejó acercarse en grupos. Las mujeres fueron colocando mantas (una de ellas decía "otro mundo es posible") y hermosas "redes" de tela. Las redes simbolizaban una concepción alternativa de la globalización, vinculando a los pueblos de diferentes naciones. Pensé que esta delicada protesta no iba a afectar a los políticos allá adentro, y me preguntaba si ese sería el tono de lo que aquí iba a ocurrir.

Viernes 20 de Abril. Después de pasar la noche en un albergue de turistas a unas 20 millas del centro de la ciudad, me dirigí por la mañana al centro oficial de prensa, donde recibí mi acreditación como periodista. Llevé mi carro hasta la zona donde habría de ser protegido por 6500 policías y 1200 soldados, que, según se decía, habían tomado el vecindario.

En la sala del Centro de Prensa había unos 3000 periodistas con credenciales. El acceso a las fuentes de noticias era controlado por edecanes que nos permitían hablar sólo con voceros designados. Casi todos los eventos de la cumbre estuvieron cerrados a la prensa. Parecía que muchos colegas hacían sus reportes con lo que podían ver en las pantallas gigantes colocadas sobre un quiosco de Cisco Systems. En ese momento se estaba transmitiendo la llegada de Bush a Québec. No pude dejar de pensar que se trataba de una realidad virtual muy bien diseñada.

Con la esperanza de ver algo más real, salí del Centro de Prensa y caminé hacia René-Lévesque , el lugar donde llegó la marcha de mujeres la noche anterior. Esta vez veía las cosas desde adentro. Unos 300 manifestantes estaban en el lugar y policías antimotines resguardaban la entrada al perímetro de seguridad, detrás del portón. Tuve que caminar algunas cuadras para encontrar otra salida y luego regresar a René-Lévesque. Allí --otra vez afuera de la zona restringida-- estaba reunido un grupo anarquista. Uno de los miembros sostenía un cartel con la frase "je pense, donc je nuis" ("pienso, por lo tanto lastimo"). También había llegado un grupo de "brujas".

Como a las 2:50 pm, alrededor de 500 personas ya se había congregado en el lugar. Un pequeño grupo de jóvenes comenzó a golpear el "muro". Todavía el grupo policial era pequeño, sólo unos 40 policías colocados detrás de la cerca. La gente cantaba. Uno de los muchachos se subió a la cerca. Sus compañeros la movían para adelante y para atrás. Y los policías se colocaron las máscaras.

Diez minutos más tarde llegaron cientos de manifestantes más. Muchos venían vestidos de negro, portaban banderas rojas y traían sus propias máscaras antigas. Una mujer trató de disuadirlos: "hablemos sobre el ALCA", les gritó. Pero estos chicos no estaban interesados en hablar. Comenzaron a lanzar palos y botellas de agua por encima de la cerca, hacia los policías. Ahora eran varios miles los manifestantes congregados, varios cientos del llamado "Bloque Negro", anarquistas o autodenominados revolucionarios. El número de policías detrás de la muralla era de 40, pero en ese momento llegaron por el lado de afuera unos 25 antimotines en su traje de Darth Vader, acompañados con perros pastor alemán.

Abruptamente, el esfuerzo de los manifestantes echó al suelo una larga sección del "muro". La policía lanzó las granadas de gas pero los manifestantes entraron a la zona restringida, lanzando rocas y bolas de golf. Varios de ellos se enfrentaron cuerpo a cuerpo con los policías. Un carro parqueado en la parte interna del perímetro fue destruido. Yo también corrí hacia "adentro" mientras veía caer piedras y las llamas de los cocteles molotov se esparcían por el pavimento. "Bush go home" decían los canadienses, sin saber que el presidente norteamericano estaba a sólo 900 metros de allí.

En la entrada a la zona restringida docenas de manifestantes se enfrentaban a los policías, quienes ya habían recibido refuerzos y continuaban lanzando más granadas. Pensé que si me colocaba detrás de los antimotines no me iban a afectar los gases. Pero ya la cara y los ojos me ardían, aunque todavía era tolerable. Entonces una granada explotó a mi lado. Quedé cegado y no podía respirar. Junto a otros periodistas huimos por la nieve hacia un edificio cercano.

La policía había sobreestimado la resistencia de la cerca y subestimó la fuerza necesaria en ese punto. Si los manifestantes hubieran querido habrían podido cruzar la delgada línea de policías y habrían llegado al centro de convenciones en pocos minutos, antes de que llegaran los refuerzos. Pero los anarquistas y los pequeños grupos de afinidad no son tan buenos organizando este tipo de protestas. Por supuesto, si se hubieran acercado demasiado al centro de convenciones la policía habría sido más drástica, incluso podría haber disparado.

Traté de regresar hacia donde estaban los manifestantes buscando otro punto de paso en el "muro", pero estaba cerrado. Entonces me dirigí al centro de prensa para ver cómo estaban cubriendo la batalla. Caminé por el boulevard y vi cómo subían a un policía herido en una ambulancia. La entrada al centro de prensa esta cerrada. El gas se podía sentir en todo el distrito. Cuanto traté de ingresar por una entrada alterna un policía me dijo que después no se me iba a permitir salir. Es decir, la prensa estaba aprisionada.

Regresé a la puerta en Lévesque, donde ya estaban unos empleados reconstruyendo y reforzando el muro. Salí del perímetro y me encontré a Brandon, al frente de la línea de manifestantes, tan sorprendido de verlo yo a él como él a mí. Me regaló un poco de vinagre para humedecer mi pañuelo y aliviar el impacto de los gases.

Detrás de la línea de guerreros de la calle la muchedumbre tenía un aspecto surrealista. Una joven mujer con el pelo verde se ponía maquillaje, a su lado había varias parejas de jóvenes de clase media uniéndose a los cantos, mientras observaban la "acción" desde una prudente distancia.

Sorprendentemente, la mayoría de los manifestantes mostraban simpatía hacia los militantes más duros. Cada vez que alguno de estos lograba devolver una granada de gas hacia los policías la gente le vitoreaba. Cuando los antimotines corrieron por uno de los lados de la calle en una maniobra, señores en los finos cafés de la Rue Cartier no pudieron contener su sarcasmo. El estribillo "So-so-so-li-dar-i-té" sonaba una y otra vez. La construcción de la odiada muralla había llevado a muchos ciudadanos comunes y corrientes a reflexionar sobre el juego político de la cumbre.

En la noche, mientras la batalla entraba en pausa, pude regresar al centro de prensa. Muchos colegas estaban sentados confortablemente viendo las imágenes de la batalla en pantalla gigante.

Alrededor de las 11 p.m., salí para observar otro enfrentamiento. Me preguntaba si sería posible salir del perímetro de seguridad en mi carro. Sorpresivamente, una nube de gas surgió de la oscuridad y me envolvió. Mi pañuelo con vinagre no me sirvió de nada. Cegado y confundido fui a parar al parqueo del centro de convenciones. "No puede entrar", me dijo el guarda en francés. "Aidez-moi. Je suis journaliste.", logré responder. Tuve suerte porque era un tipo amable y me permitió descansar y hasta me dio agua para que me lavara los ojos. Cuando me recuperé regresé al centro de prensa, a pesar de que el gas era muy intenso. Pero la puerta estaba cerrada, regresé al parqueo y convencí al guarda de que me dejara pasar a la zona de locales comerciales donde estaba el centro de mando de la Real Policía Montada. Seguramente me vio aspecto inofensivo. Adentro me dijeron que el perímetro había sido cerrado por esa noche. No había manera de regresar al albergue. Me resigné a la idea de pasar la madrugada tomando cerveza con los policías y soldados. Sin una máscara de gas era imposible permanecer afuera.

Me puse a conversar con el bartender y un soldado, mientras echábamos miradas a las imágenes de la televisión. A las dos de la mañana el chico el ejército me ofreció hospedaje a unas cuadras de allí, junto con otros treinta de sus compañeros, en una sala en el edificio al lado del hotel donde el presidente Bush dormía.

Sábado 21 de abril. A las seis horas de un día hermoso y, hasta ese momento, libre de gas lacrimógeno, ya estaba caminando a lo largo de las fortificaciones del Vieux Québec.

Únicamente unos cuantos fotógrafos y otros tantos escuadrones de policía andaban por allí. Sólo vi a un manifestante, observando a prudente distancia a una línea de antimotines. Encontré mi carro y manejé hasta el albergue de montaña.

"Estoy tan energizada, eufórica", exclamó Emily Posner, una universitaria que se acababa de levantar. "El grado de militarización de nuestra sociedad... es impresionante lo que son capaces de hacer... esto es guerra química".

"Estoy muy emocionado por el efecto que estamos logrando", dijo Ethan Miller, de 23 años. Incluso la gente que está tirando piedras, si se diera la oportunidad, pueden articularse políticamente. Yo les daría más crédito de lo que la prensa les da."

Era impresionante observar cómo la gente estaba dispuesta a aceptar la violencia del Bloque Negro.

En las radioemisoras canadienses escuché algunos líderes del movimiento deplorando las acciones de los anarquistas y calificándolas de contraproducentes. Sin embargo, entre las bases, los "revolucionarios" y los "no-violentos" están mas cerca unos de otros de lo que los líderes imaginan. "Pero tome en cuenta la violencia de la policía y de la globalización" me dijo mucha gente cuando toqué el tema de las tácticas del Bloque Negro.

De nuevo en las calles de Québec, como a las dos de la tarde, las líneas de "revolucionarios" o "anti-capitalistas" cruzaban el Boulevard René-Lévesque, vestidos de negro, luciendo abrigos de capucha, mochila oscura y pañuelo en la cara. Uniformados como dirigiéndose al trabajo, es decir, a otra jornada de lucha en la calle. Me sorprendí al darme cuenta de su edad: la mayoría son adolescentes y delgados. "¿Porqué son tan flacos?", le pregunté a Brando. "Muchos deben ser vegetarianos" me respondió. Los manifestantes más tradicionales los saludaron con respeto pero no con temor.

Nos lanzaron bombas de gas de largo alcance. En respuesta les devolvieron bolas de nieve. Pude observar que los policías podían indicar a sus perros cuando ladrar y cuando no. Cerca de allí se veía el edificio de un banco con los vidrios totalmente rotos.

Simultáneamente, un estimado de 30 mil personas entonaban cánticos en una inmensa y pacífica manifestación. El temor de los organizadores a la violencia los hizo dirigir la marcha lejos del muro. Después me di cuenta que esa maniobra causó desilusión en muchos. Una cantidad importe de manifestantes, quizás unos cinco mil, principalmente trabajadores sindicalizados, se separaron del contingente para ir a realizar una protesta algo más "agresiva".

Por la noche, viajando de regreso a casa, nos detuvimos para cenar en una estación organizada por un grupo de activistas. Más de 360 raciones de comida habían sido repartidas hasta ese momento, me dijo el jefe de cocina.

Domingo, 22 de abril. Las murallas y cercas habían sido erigidas en Québec, literal y figurativamente, separando al gobierno y la élite empresarial de los ciudadanos, la policía de la gente, y a la prensa oficialista de los hechos en la calle. Pero las murallas también habían caído: entre radicales y sindicalistas, universitarios y anarquistas, jóvenes y viejos.

Nadie puede adivinar por cuánto tiempo va a continuar esto. Pero la lucha en Québec fue algo casi festivo. Hubo mucha solidaridad entre los diferentes sectores de manifestantes y simpatizantes.

La melodía de "El Muro" de Pink Floyd se podía escuchar en muchas ventanas.


Traducción libre de un reportaje publicado en inglés por el Boston Phoenix: http://www.bostonphoenix.com/boston/news_features/other_stories/multi-page/documents/01425341.htm


 

 


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